Yuli

Con el paso de los años su percepción alterada y psicodélica la llenó de satisfacciones, sentirse diferente y vivir su universo superpuesto era algo maravilloso que la distinguía. Y decidió guardar eso como un maravilloso secreto incomprensible que se negaba a compartir, en la misma medida en que el resto se negaría a admitir.
Y en el nudo de su vida, cuando aquel encantador de sirenas la enamoró, los treinta y dos rumbos de la rosa de los vientos de Yuli se enredaron en su corazón. Llevaba algo más de un lustro con él y lo que un día había sido un ovillo de filamentos dulces y enmarañados de cabellos de ángel, prendiendo su corazón al de él, ya eran los apéndices móviles y blandos, como los tentáculos de un invertebrado que la aprisionaba ahogándola con la inquietud del desamor. Aquel marinero de agua salada, infiel y ebrio en tierra seca, estrujaba la cintura de Yuli atrayéndola hacia sí y marcándola con las ventosas circulares y cárdenas de la traición.
Ella tenía su psique sinestésica, llena de sensaciones postergadas, las había ido dejando extraviadas, diseminadas junto a los pétalos desordenados de su rosa de los vientos, y cuando el aura oscura del embaucador por fin la abandonó Yuli acomodó en el olvido el halo color marrón como las vísceras que el marinero tenía, liberando de nuevo sus sentidos de aquel estruendo y extendiéndolos, en su peculiar condición.
Con la capacidad que sólo los elegidos poseen, las palabras y los números refulgen con lenguaje de un pantone para Yuli, que sigue superponiendo las imágenes y sensaciones de sus secretos sentidos. Y en el banco gris marengo de la nación donde trabaja, entre datos, balances, y números, regenera su libertad transparente e intensa como un berilo azul aguamarina.
Para ella la palabra amor es rosa y carnosa como una dalia, amistad es roja como la sangre llena de vida que incondicionalmente se dona y el deseo es del color de la carne sensual y vellosa del melocotón; en su carta ral el engaño es marrón y la traición negra y difusa, como el pigmento tóxico de aquel huidizo cefalópodo que un día tocó y hundió su corazón.
Mi Yuli querida ya florece como el árbol del tulipán perdido en las islas, rebrotando de los trozos frágiles y caídos que el viento salobre y húmedo arrancó en la tormenta; y de nuevo le bailan el piso, y de nuevo oye el sonido vital de esa alma ajena, y nuevamente siente el sabor de unos susurros de vainilla y dulce de leche en el velo celeste y florido de su paladar; Yuli extiende unos pétalos como alas y siente en la punta de la lengua todos los colores de un aura sana y sincera.
Yuli viaja en el tiovivo original y colorido de su vida y sigue guardando celosamente el secreto de su especial virtud, tan muda como el bestiario fabuloso que rueda junto a ella en el carrusel y llenándola de albricias.







