26.11.06

Yuli



Todo empezó el día en que Yuli dejó boquiabierto a su padre cuando, de chica, le aseguró que el caballito del tiovivo en el que había hecho un pequeño viaje circular, le había mordido. La música que sonaba en aquella atracción le despertó el sentido del tacto y percibió aquel caballo azteca, veloz y desbocado. El reflejo incrédulo en la cara de su padre le dio la certeza, lo que ella sentía era distinto de lo que notaban los demás.
Con el paso de los años su percepción alterada y psicodélica la llenó de satisfacciones, sentirse diferente y vivir su universo superpuesto era algo maravilloso que la distinguía. Y decidió guardar eso como un maravilloso secreto incomprensible que se negaba a compartir, en la misma medida en que el resto se negaría a admitir.

Y en el nudo de su vida, cuando aquel encantador de sirenas la enamoró, los treinta y dos rumbos de la rosa de los vientos de Yuli se enredaron en su corazón. Llevaba algo más de un lustro con él y lo que un día había sido un ovillo de filamentos dulces y enmarañados de cabellos de ángel, prendiendo su corazón al de él, ya eran los apéndices móviles y blandos, como los tentáculos de un invertebrado que la aprisionaba ahogándola con la inquietud del desamor. Aquel marinero de agua salada, infiel y ebrio en tierra seca, estrujaba la cintura de Yuli atrayéndola hacia sí y marcándola con las ventosas circulares y cárdenas de la traición.

Ella tenía su psique sinestésica, llena de sensaciones postergadas, las había ido dejando extraviadas, diseminadas junto a los pétalos desordenados de su rosa de los vientos, y cuando el aura oscura del embaucador por fin la abandonó Yuli acomodó en el olvido el halo color marrón como las vísceras que el marinero tenía, liberando de nuevo sus sentidos de aquel estruendo y extendiéndolos, en su peculiar condición.

Con la capacidad que sólo los elegidos poseen, las palabras y los números refulgen con lenguaje de un pantone para Yuli, que sigue superponiendo las imágenes y sensaciones de sus secretos sentidos. Y en el banco gris marengo de la nación donde trabaja, entre datos, balances, y números, regenera su libertad transparente e intensa como un berilo azul aguamarina.
Para ella la palabra amor es rosa y carnosa como una dalia, amistad es roja como la sangre llena de vida que incondicionalmente se dona y el deseo es del color de la carne sensual y vellosa del melocotón; en su carta ral el engaño es marrón y la traición negra y difusa, como el pigmento tóxico de aquel huidizo cefalópodo que un día tocó y hundió su corazón.

Mi Yuli querida ya florece como el árbol del tulipán perdido en las islas, rebrotando de los trozos frágiles y caídos que el viento salobre y húmedo arrancó en la tormenta; y de nuevo le bailan el piso, y de nuevo oye el sonido vital de esa alma ajena, y nuevamente siente el sabor de unos susurros de vainilla y dulce de leche en el velo celeste y florido de su paladar; Yuli extiende unos pétalos como alas y siente en la punta de la lengua todos los colores de un aura sana y sincera.

Yuli viaja en el tiovivo original y colorido de su vida y sigue guardando celosamente el secreto de su especial virtud, tan muda como el bestiario fabuloso que rueda junto a ella en el carrusel y llenándola de albricias.

29.10.06

Resilente, tal vez...



Así, a bocajarro, me enteré de la noticia. Vino Sor Inés a dármela; se acercó a mí, yo jugaba en el patio del colegio, lejana, girando como la veleta. Con su hábito marrón de franciscana clarisa, llegó hasta mí levitando y como un pájaro de mal agüero y se interpuso entre el sol y yo oscureciéndome con su sombra. A Sor Inés jamás se le veían los pies; entonces me dijo: Greta ve a rezar a la capilla, tu padre ha muerto, reza por los pecados que has cometido y para lavarte del pecado original. Así fue como me lo dijeron, así supe de la muerte de mi padre y ahí empezó, sin saberlo, mi descenso como un ánade herido, un nueve de febrero a mis nueve años de edad.

Y a mis nueve años de edad la muerte no tenía dimensión, pero sentí miedo y frío aquella única vez en la capilla, después de percibir el aliento gélido de sor Inés; ella sopló su frase dejándome aterida y durmiendo mi sueño al raso; severa en su mirada, austera en sus gestos y parca en palabras. La noticia de la pérdida de mi padre me dejó atrapada en la imagen oscura de un eclipse de tiempo que me sostuvo inerte dentro de la oscuridad una década.

Entonces, de alguna manera, relacioné a sor Inés con Conchita, mi abuela. Tenían las dos en común la distancia y la impiedad y quise hablar con los muertos como lo hacía Conchita; deseé hablar con el ánima de mi padre y que su mano cálida y protectora me envolviera desde la penumbra. Aquel hombre que me decía que se iba a casar conmigo cuando yo fuera mayor y que me llevaba agarrada de su mano generosa y mortal.

Y en mi minúscula percepción sentía a mi padre como un ser bueno y en ocasiones lo percibía como un lúcido justo, pero inconsciente y temerario delante de una botella; era la figura de un Golem sin voluntad, al que olvidaron sacar el papelito de la boca con la palabra mágica y que, descontrolado, arrasaba y sembraba en mis noches el pavor, soñándolo caprichoso e iracundo, como Dios.


Laura y Águeda parecían hermanas, tenían el aspecto de seres celestiales e inquietantes, y como si estuvieran privadas de la facultad de hablar, tan sólo miraban, parecían estar anexas por alguna parte del cuerpo, como dos ángeles siameses compartiendo un solo par de alas; pegadas siempre la una a la otra y agarradas de mí, las tres sin destino, como serafines sin la gracia de Dios.

E hicimos una sesión como las que hacía mi abuela, en la que me sentía Circe la hechicera. Con un vaso y un abecedario hecho con las letras recortadas de las hojas de mi misal lo extendimos en el suelo helado y a su alrededor y en penumbra, con nuestros dedos menudos y fríos en el borde del vaso, susurrábamos invocando un espíritu. Creímos tener contacto con lo desconocido, más allá del mundo corporal y yo deseé formar parte del mundo de los espíritus, de lo sobrenatural, que persiste y sobrevive a todo; asustadas caímos en la obsesión y sentimos cosas extrañas, cosas como las que contaba mi abuela: voces que pronunciaban nuestros nombres, roces fríos de manos de muertos y respiraciones entrecortadas que nos paralizaban el corazón.

Muertas de miedo, a oscuras con las voces suaves y remisas nos tapábamos la boca cada vez que el vaso se movía como loco señalando letras y formando palabras. Como sombras débiles entre la luz y la oscuridad, temerosas de que la clarisa sin pies nos descubriera, nos apretamos sentadas en el suelo, entre los catres, tapadas con un áspero centón; compusimos la palabra maldita: suicidio y un grito de terror salió de mi boca y de las bocas sin voz de Águeda y Laura. El Niño Jesús que nos velaba en la habitación estaba iluminado de tal manera que parecía un espectro alargado con ojos desorbitados, sentenciador y justiciero.

Como pudimos nos metimos en la cama, solas y sin podernos abrazar, las monjas no nos permitían mitigar la necesidad de afecto, los besos y abrazos eran lo que ellas llamaban signos de debilidad. Qué irónico, la falta de cariño, el hambre y la soledad que padecíamos era un signo de debilidad, padecer era para ellas algo virtuoso que debíamos agradecer al todo poderoso.

Todo pasó como un mal sueño y en la mañana todo estaba igual, la misma sombra de buitre franciscano de sor Inés y el mismo soplo de aire frío, pero algo amargó para siempre mi lengua de carne de membrillo.

Llevada de la mano de Electra, vacilé en una isla de sal hasta los dieciocho años. Nadie sostuvo mi mano y mi padre ya no era aquella titilante estrella, sólo era algo tan difícil de seguir y de encontrar como las huellas, diluidas en la inmensidad del mar.


Sin padres, sin infancia, sin pasado alguno, no nos queda otra posibilidad que afrontar lo que somos, el relato que llevamos para siempre.
Osvaldo Soriano

8.10.06

Pecado


Aunque sea pecado
te quiero
te quiero lo mismo
y aunque todo me niegue el derecho
me aferro a este amor.

Caetano Veloso




La sala de aquella casa era una estancia cuadrada de altos techos que daba al jardín. La presidía un gran ventanal con caídos cortinajes de terciopelo suave, mullido y verde como el musgo y unos visillos blancos y vaporosos como los ensueños. Delante de la majestuosa ventana, estaba dispuesta una mesa de madera de caoba y sobre ella un ídolo tallado en ópalo por el que se filtraba la luz del astro rey, irradiando haces de luminosidad iridiscentes, sugerentes y calmos.

Mi tía abuela Natalia era alta y dejaba tras de sí un aroma sutil de fragantes cerezas Su vida fue tan dulce y bella como amarga y sórdida era la de Conchita, su hermana mayor. Mientras que Conchita era como una purga en la existencia de los demás, Natalia era puro bálsamo para las almas llagadas que se le acercaban y como el agua de azahar calmaba y sosegaba el espíritu tan solo con su proximidad.

Habitaba una espaciosa jaula de oro, pero se sentía libre dentro de ella, su casa grande y espaciosa era de las mejores de la ciudad; vivía sola pero acompañada por las figuras que reflejaban hazañas épicas que decoraban sus jarrones chinos de la Época Rosa; rodeada de abanicos de plumas de pavo real y flamenco rosa., delicadas peinetas de preciado carey, retratos de ella y de él realizados por pintores afamados, libros de regia encuadernación en piel, álbumes de fotos, y sobre todo, delicada lencería de raso, seda salvaje y finas blondas; lujosos vestidos de ligera y transparente organza, joyas exquisitas y suaves y salvajes pieles, en las que Natalia se envolvía luciendo como una diosa.

Joaquín no era libre y a la par cancerbero. Vivía en una lujosa mansión con su narcotizada y neurótica esposa que lo amarraba con sutiles lazos de maternidad. Casado a desgana y a conveniencia con la hija de un afamado artista de principios del siglo XX, había montado un imperio que le permitía amar libre como un ruiseñor dentro de la dorada jaula de mi tía abuela. Sus ojos eran oscuros e inescrutables, con los que moderaba los movimientos y la plácida vida de su complaciente Natalia.

Ingeniero de minas de inagotable tenacidad, vivía obsesionado por la belleza y siempre iba a la busca, en cualquier recóndito lugar del mundo, de materiales obscenamente bellos caros y únicos que luego eran convertidos en codiciadas piezas de su museo particular; cristales de tamaños inverosímiles y colores intensos y exclusivos, maclas nítidas y estéticas de variado crecimiento, geodas de violáceas amatistas con forma de erectos penes, materiales perfectos de la imperfecta naturaleza que Joaquín dejaba al descubierto excavando en las entrañas de la tierra, dejándola expuesta como una herida brillando reseca a la luz del sol.

Mientras Joaquín viajaba, tal vez en el lujoso Orient Express para encontrarse con algún magnate e intercambiar alguna pieza única y escandalosamente onerosa, Natalia preparaba unas deliciosas guindas en aguardiente; sentada en la cocina y envuelta en deseo, frotaba cada una de las tersas cerezas con un paño suave sacándoles su esplendor, para sumergirlas en fino aguardiente azucarado con una aromática y afrodisíaca canela. Natalia preparaba las ambrosías para el paladar de su amado, que se arremolinaba alrededor de sus faldas atraído por las cerezas, como un riachuelo hacia el río que lo llevará mezclándose en sus aguas, hasta el inmenso mar.

Aquellas cerezas eran únicas; suaves y misteriosas como un hechizo, invadían la boca de Joaquín para llenarla con el deseo de ella y explotando su dulzor en el cielo de su paladar así, embriagado y delante del ídolo de ópalo, la amaba dejando que la luz mágica y cálida de aquella translucida figura los bañara, en aquella sala, sensuales y apasionados; Natalia entonces, se entreabría para él dejándose indagar como una gruta, y sinuosa como una duna que esconde bajo ella la bella rosa del desierto, dejaba al descubierto su tesoro para el incontenible y hechizado placer de ambos.

Natalia y Joaquín vivieron su historia de amor todos los domingos de sus longevas vidas. Con la puntualidad de un inglés Joaquín llegaba con su chofer a la casa de mi tía abuela Natalia dispuesto a saborear, como el primer día, las dulces cerezas.

El Sr., Joaquín F. murió a finales del siglo pasado y mi tía Natalia le llevó luto 365 días justos, lo que tarda la tierra en dar la vuelta al sol; y entonces se le cegaron los ojos del cuerpo y el alma se le soltó.

22.9.06

La Hidra





Cuando su padre murió dejándola libre de su soga, Conchita, mi abuela paterna, empezó a configurar su hegemonía, cuadrando bien su matriarcado.

Su casa era un palacete medio en ruinas que el tiempo iba dejando descarnado, oscuro y tenebroso y a la vez era grande y pintoresco, tenía el encanto de las casas independientes que parecen tener una vida propia. En medio de la entrada y uniendo sus dos plantas había una escalera de peldaños altos, manchada, llena de humedad y con un penetrante y misterioso olor que no sabían de donde procedía y que traía de cabeza a los fontaneros de toda la ciudad.

Entre las amistades que acudían a la casa de mi abuela para divertirse en las fiestas que ella organizaba, se encontraban personajes sin ocupación ni corazón, que vivían de las apariencias y de los demás; gente adinerada y casi adinerados, esnobs y pseudo intelectuales; seres evadidos de mente disipada y egocéntrica que acudían atraídos por la personalidad extravagante y excéntrica de Conchita.

Mi abuela era una mujer corpulenta de cabello corto, negro y ondulado y rasgos severos. Fumaba unos largos cigarrillos de fino tabaco francés y llevaba siempre unos vestidos largos y vaporosos que ocultaban su hombruna y opulenta figura. En sus fiestas se fumaban largas y articuladas pipas de kifi y también había adictos a la morfina, la droga refinada de la alta sociedad. Aquellas fiestas eran interminables jornadas de música, baile, ágapes y tertulias donde se emulaba que se hablaba de arte, política y literatura, pero realmente el juego preferido de aquellos invitados y de mi abuela era invocar al más allá en unas espantosas sesiones de espiritismo con la mesa de de 3 patas.

Conchita jugaba con los espíritus y también con las emociones de la pobre gente que habiendo perdido un ser querido se encomendaba a ella buscando el contacto y el consuelo con el espíritu del ser amado. Mi abuela tenía ese talento natural para enredar a las personas en una tela de araña emocional, en la que era la reina de las migalas, atrapándolas entre el miedo y la culpa.

En aquellas sesiones fantasmagóricas y narcotizadas era donde ella ejercía su poder. En la sala más oscura y lúgubre de la casa, con altas estanterías repletas de libros de ocultismo y literatura barata, descuidados y llenos de polvo, había montado su oráculo, velas negras y blancas, cortinajes de terciopelo rojo, raíces de mandrágora con forma humana, cabezas de hombres reducidas por los jíbaros y una guija envejecida por el uso con un círculo de letras, números y símbolos, pintados, según ella, con sangre de difunto, componían su fantasmal escenario.

Todos los elementos servían para atemorizar a los incautos necesitados de respuestas y a los aburridos sedientos de fuertes experiencias. Entre charlas sobre el más allá y especulaciones sobre misteriosas apariciones y desapariciones y profecías sobre el fin de los tiempos, iban creando una atmósfera propicia al espanto y al miedo. Y sentándose todos alrededor de una mesa de tres patas y agarrados de las manos y a su vez agarrados de las manos largas y huesudas de mi abuela, invocaban al espíritu requerido. Mi abuela entonces con su aspecto distante, frío y descomunal, aplicaba su poder con la voz ilusionando los sentidos.

Con excelentes dotes de ventrílocua y con un aspecto efectista y exagerado su boca se transformaba en una mueca horrible comenzando a dar respuestas a todas aquellas preguntas que se le hacían, dejando otras en la incógnita más dolorosa para asegurarse así el divertimiento en días posteriores. Ponía los ojos desorbitados y en blanco y convulsionaba, retorciendo la voz a su antojo; las personas que deseaban contactar con sus fallecidos sentían un vuelco en el corazón y lloraban o reían en un ataque histérico de terror creyéndose contactados. Allí sucedían toda clase de fenómenos, causados por la sugestión: golpes, ruidos, voces, todo lo posible para amedrentar a los invitados y asegurarse entre todos el pasatiempo. La fama de Conchita iba creciendo tanto como su engaño y su maldad.

Cuando estalló la contienda fraticida española, la vida licenciosa de Conchita y sus acólitos se disipó y sus existencias vacías tenían ya otra prioridad: sobrevivir; el egoísta se hizo más egoísta aún y el neurótico terminó de enloquecer. A mi abuela, las penurias y el hambre le agriaron más su carácter y su personalidad impenetrable; mudó entonces de piel como una serpiente, y dejó atrás la muda cuarteada e inservible trocando en una nueva de color azul, inmaculada, pía y llena de fe. Ahora tocaba ser otra clase de depredador.

Y ya nada recordaba aquellas sesiones, excepto aquel penetrante y misterioso olor emanado de la tétrica y lúgubre escalera…


PD. Algún día podré escribir como emulé el juego de mi abuela en un internado, ávida de respuestas. A pesar de todo, los niños, en su ignorancia e inocencia, tienden a repetir la conducta de sus mayores.

18.9.06

Algo sencillo




La felicidad siempre viaja de incógnito. Sólo después que ha pasado, sabemos de ella.


Es cierto, siempre recuerdo los momentos felices cuando ya han acontecido, sin ser consciente en el momento de vivirlos de que soy, con pequeñas cosas, inmensamente feliz.

Aquella siesta desperté y él estaba tendido a mi lado, me tenía abrazada en sus brazos y enredada en sus piernas; aun tenía cerrados los ojos y yo observaba su dormir plácido y sosegado y el movimiento rápido de sus pupilas, como las alas de Morfeo aleteando en la oscuridad, dentro de aquellos ojos exóticos. De pronto sus ojos se abrieron como ventanales en un espacio de luz azulada y me miraron complacidos. Vamos, me dijo, te voy a llevar a ver algo.

Salimos en su volkswagen escarabajo, un auto antiguo y cuidado que tenía el blanco marfil de las teclas de un melodioso piano, su tapicería de piel negra y su salpicadero de madera de palisandro, le daban ese aire snob de tiempos pasados, de tiempos demodé, alegres y despreocupados. A través de las lunas del auto, pasaban rápido los paisajes verdes y húmedos a los lados de aquella carretera increíblemente recta que llevaba al mar. El coche, proyectaba sobre el asfalto una sombra alargada, veloz y nítida y los sauces de ramas lánguidas alineados en ambos arcenes parecían viajar ondeando sus ramas largas y sueltas en aquel cálido viento.

A medida que el auto avanzaba se divisaba la escollera como un camino costroso adentrándose en el mar y, emergiendo tras ella, algo parecido a un edificio vanguardista, un enorme bloque mal conformado de colores desdibujados y trazos borrosos definiéndose en la realidad como lo que era, un barco oxidado, lleno de orín rojizo, aparentemente abandonado y desprotegido que flotaba dejando ver su miseria acumulada en las paredes desnudas de su construcción.

Salimos del auto y nos quitamos los zapatos para sentir en nuestros pies desnudos la tibieza húmeda de la arena. El mar resplandecía con un fuego naranja, engulléndose el sol y con el color de la lava densa y pesada que vomitan los volcanes, amarillo naranja y violeta., el sol se hundía lento en el agua del mar y el silencio sólo era interrumpido por el sisear de los juncos doblegados por el viento en las dunas de tosca arena, repleta de gránulos brillantes de duros cristales de cuarzo.


Me senté en una duna elevada para contemplar aquella maravillosa vista e inmediatamente noté su cuerpo pegado detrás del mío y unos brazos largos y deseosos me abrazaron, y sus piernas me volvieron a enredar; su cabeza apoyada en la mía bajaba suavemente para susurrar en mi oído palabras dulces como el canto de los delfines y las caracolas de mar; éramos dos cormoranes dispersos en el viento salobre rasando un mar primigenio.

Media tierra anochecía y aquel barco parecía amanecer, sin timón ni mapas en un paisaje insólito; de destartalado aspecto, salpicado de herrumbre que se mantenía incólume a pesar de su fragilidad. El barco cobraba vida, la luz, como un alma animada se encendía dentro de los ojos de buey como luciérnagas en las oquedades de un muro de piedra. Callados y abrazados poníamos la atención en lo que ocurría en aquel enorme cascarón, contemplábamos gente salir de su interior, apoyarse en la balaustrada del barco, encender cigarrillos y tal vez animadamente charlar.

Pensé ingenuamente que aquella gente era feliz y resultaba atractivo imaginar sus vidas sin ataduras ni preocupaciones, aparentemente sedentarios con espíritu nómada, flotante pero anclado, seguros en la resistente escollera.

Entonces su boca encontró la mía y nuestras lenguas se acariciaron como sensuales babosas hermafroditas exuberantes de vida, que habitan el fondo de aquel encendido mar.

Ha pasado el tiempo tan veloz como la sombra de aquel volkswagen blanco marfil en el gris del asfalto y sólo quisiera volverme a ver reflejada en aquellos ventanales de luz azulada, siendo con esa pequeñez de nuevo inmensamente feliz.

Lo principal para nosotros no es ver lo que se halla vagamente a lo lejos, sino lo que está claramente a mano.

3.9.06

Taravana




Supe por primera vez de la existencia de las mujeres ama cuando estudié Gemología. En uno de los documentales que vi sobre las nursery o granjas de perlas, tuve conocimiento de la extracción marina más primitiva que existe y que aún en nuestros días se sigue llevando a cabo en el Pacífico occidental. Años más tarde la casualidad me llevó a saber de Miu, una recolectora de perlas, corales y esponjas marinas.


Alberto fue a Japón a estudiar un curso de Neumología y para atenuar su sensación de soledad, nos escribía unas notas sorprendentes sobre todas las cosas que percibía: historias culinarias, costumbristas y sociales de todo lo que le rodeaba. Se sentía bastante extraño y aunque la lengua no era problema puesto que en el hospital se comunicaban en inglés, siempre había un muro entre lo surreal y lo real que no terminaba de acoplar entre su razón, las personas, sus costumbres y él y allí en ese nudo contradictorio, la conoció…

Miu, era la mujer que lo enamoró secretamente, enredándolo en su estela de palabras y en la urdimbre de su mar. Ella, mujer bella, misteriosa y sensual, tenía el óvalo del rostro delicado y casi, casi perfecto, lo que la embellecía aún más; nariz minúscula, pómulos suavemente elevados y un par de ojazos oblicuos asombrosamente asombrados. Su cuerpo estaba firme y esbelto, esculpido por las olas del mar, sus pies eran diminutos y sus graciosas manos parecían querer dibujar pero reprimían de forma innata, la forma que tienen en el aire las palabras. Era joven pero con una sabiduría milenaria, como si el silencioso lecho marino le infundiera conocimiento, serenidad y eternidad.

Recolectora de los campos de arena y de las praderas sepultadas en el mar, había practicado desde niña, para poder sumergirse en la profundidad, una disciplina desgastadora, impuesta por su progenitor y más tarde por su hermano, pero el cuerpo ya no le respondía. La taravana, un mal de bello nombre pero de aciagas consecuencias, la dejaba confusa, convulsionada y maltrecha cuando salía de la presión del océano. En aquellos ataques ella soñaba con antepasados fantasmales en los que creía y de manera extraña para un occidental, Alberto ya lo había asumido como parte de lo cotidiano, insertándolo en una extravagante mezcla de tecnología, fetichismo y costumbres ancestrales.

Era delicioso oir hablar a Miu y escuchar, en el susurro de su voz melodiosa, como descendía a los arenales marinos, siendo inmediatamente rodeada de miríadas de pececillos que la observaban y seguían, mesando sus cabellos sueltos como hilos de seda sinuosa marcando el vaivén de la corriente marina y solo sujeta al otro mundo, al mundo aéreo de encima, por una cuerda atada a su cintura como un cordón umbilical. Aquella cuerda que rodeaba su talle, controlaba el tiempo y los peligros y su vida dependía de ella y a su vez, de su cuerpo inmerso y esculpido de frágil nácar pendía el sustento familiar. Miu bajaba con gusto, había educado su cuerpo y se había acostumbrado a la opresión del mar, a su calor y a su frío; le era tan familiar como un vientre materno y cada vez que se sumergía se sentía libre, mecida por el viento marino al igual que las recolectoras de aromáticos estambres de azafrán, cuando son tocadas por el aire. Cuando Miu ascendía con sus manos repletas de moluscos, le resultaba tan traumático como volver a nacer y su cuerpo que dentro del agua se encontraba liviano se volvía pesado, sus pulmones se hacían perezosos y su mente se vaciaba de cordura.

Alberto se rendía al mundo salobre, extraordinario y mágico que describía Miu, quedando suspendidos sus sentidos cuando ella marraba cómo en una ocasión, se le apareció en el lecho marino un majestuoso pez dama que la acompañó y protegió en el azul verdoso de aquel salado mar; o cómo escuchaba hablar a los corales piel de ángel en el silencio inmerso del arenal, mientras ella recolectaba suaves y mullidas esponjas.

Cuando Alberto le explicó a su admirada Miu que no podía bajar más al fondo marino, ella no se inmutó, quedó estática como una figura de arte zen y ni un tifón de los que asolan su isla, la hubieran hecho pestañear.

Miu trabaja ahora con sus manos, en una nurery de perlas y mientras abre con sus dedos largos y diestros las valvas frías y hermosas de la ostra, sumerge su mente de nuevo en las profundas aguas azules; al depositar delicadamente un trozo de nácar, que el animal envolverá una y otra vez, para evitarse el dolor del cuerpo extraño que ella delicadamente esconde entre su carne, Miu recuerda los fantasmas que le acompañaban inmersos con ella y cada perla que le arranca a una ostra, es un trozo de mar rielando su pensamiento.


Alberto regresó de Japón y sigue amando a Miu, y cuando la desea, se acerca una caracola al oído, cierra los ojos y la escucha susurrar…

27.8.06

Naif



Lorena nunca entendió el refrán: A cada puerco le toca su San Martín…


Pequeña y desvelada, Lorena acompañaba a su abuela a amasar las rosquillas al horno del pueblo. Su madre la vestía con vestiditos de algodón, llenos de frunces y pintados de colores vivos; parecía un dibujo radiante y pigmentado descendido de un lienzo, encarnando a la misma vida. La peinaban haciéndole dos moñetes en lo alto de la cabecita y trenzándolos con cintas de colores que ella deshacía en un periquete; mientras hablaba sin cesar como una cotorra sus medias palabras con medio sentido y su entera verdad., para distraer nuestra atención y poder liberar sus cabellos de la opresión de las vetas que lo sujetaban. Morena y vivaracha como una aceituna a la intemperie, movía sus ojos como dos centellas, acompasando con ellos las fabulosas historias que imaginaba y se sentaba junto a Diango, el perro de la casa, haciéndole de madrecita, le hablaba y le hablaba y el perro resignado se dejaba acariciar y abrazar por la pequeña.


Se había preparado todo un año la fiesta de San Martín y todos estábamos atareados en casa de tía Carmen, la abuela de la pequeña; las mujeres y los hombres con sus quehaceres, ocasionalmente unidos, curioseaban de la vida de los demás. El olor de la leña quemada ocultaba el penetrante aroma de las especias para los embutidos y de vez en cuando una bufonada de aire venida del alma negra de la chimenea, llenaba de humo la estancia; los baldes de agua hirviendo reposaban humeantes en los fogones y una atmósfera húmeda y nebulosa atenuaba los tonos terracota de la cocina.

El gorrino ya cebado y su carme rosada, densa y grasienta, pronto iba a ser un manjar para todos aquellos que laborábamos en el acontecimiento de la matanza y esperábamos con impaciencia al matarife del pueblo. El jifero llegaba a la casa y una parva de críos entre curiosos, inocentes y morbosos lo salieron a recibir. Era un hombre enjuto, al que le costaba expresarse; a mí me daba la impresión de que tenía aspecto de juez dispuesto a aplicar siempre la máxima pena sin ninguna clemencia. Su faz dura y sus cejas espesas y puntiagudas aún endurecían más aquella mirada aguda de pupilas claras.


Lorena llegó de la mano de su abuela y de su madre, agraciada e ilusionada, llena de color, quería ver el cuto a toda costa y de puntillas se encaramaba a todos y a todo para no perderse nada. El matarife y su ceremonia la tenían fascinada y ella miraba con curiosidad los instrumentos de corte cuidadosamente afilados y guardados en fundas de piel.
Entre todos los hombres sacaron al marrano de la pocilga; el animal chillaba resistiéndose a la fuerza humana que lo arrancaba de la comodidad de la suciedad. La cara de los niños se iba transformando pasando de la expectación al asombro y del asombro al terror.


La pequeña oyó el primer grito del cochino y no sabía bien qué era aquello que había sentido, pero no reconocía aquel sonido estridente y agudo, no provenía del mismo lechón crecido con el que ella había jugado a torear con los demás chicos; la sensación le era extraña y el segundo chillido la paró en seco y haciéndose más chiquitina se agarró de las faldas de su madre y enmudeció. El cuto empezó a chillar más fuerte y el líquido que animaba su vida salía rojo bermellón como la pintura de un tubo reventado de guache, por aquel agujero que el matarife había hecho en su garganta y poco a poco se acallaba la intensidad del alarido, convirtiéndose en un leve quejido.


Las mujeres canturreaban alegres, iban de un lado para otro con las carnes del puerco abierto en canal y los baldes de agua caliente eran acarreados con presura. El aroma penetrante de la canela, el comino, los anises y el pimentón se mezclaba con el olor de las gachas preparadas en el lar por la mujer más anciana del clan y todos los olores a su vez se unían al de la fritanga, que ya empezaba a repartirse para el almuerzo.


La porchada., llena de cachivaches brillantes de cobre, bullía alrededor de un cuerpo muerto, pero nada recordaba ya a la muerte ni al gorrino, todo era una paleta de color que empezaba con el azul ultramar del cielo, los montones de almendras pardas, verdes y marrones, la ropa blanca resplandeciendo en el tendal, el color de las especias a granel extendidas en la mesa en tonos naranjas y rojos, el azul añil de las paredes y dos gatos uno naranja y otro pardo que junto a Diango, negro como el azabache, configuraban aquel maravilloso cuadro naif del que Lorena formaba parte y del que parecía haber descendido.


Ya tranquila y risueña, bajo la protectora mirada de Diango la pequeña se perdía jugando y parloteando como si viviera en sus sueños, entre las montañas de almendras, mirando de reojo aquel cuto despedazado y transformado.


Lorena conserva los ojos alegres y la piel morena de aceituna. En sus sueños aún está aquel grito del marrano mezclado con las sensaciones olorosas y visuales de aquellos acontecimientos que a todos nos acercaron por última vez.


Por San Martín, deja el puerco de gruñir.

20.8.06

Volador


Mil palabras como mil estrellas en el cielo de mi paladar, desean salir de mí boca para estrellar toda su luz como un haz. Enredadas en mi lengua que lucha por decir y liadas con la tuya que les impide salir.

15.8.06

Trampantojo



Siempre me vence la voluntad al observar un trampantojo. Me atrae en la misma medida en la que me inquieta. A veces la vida me recuerda eso, un trampantojo lleno de detalles, de luz e ilusión; de color, ruido y calor pero sin oportunidades para asirla, expuesto ante mí como un espejismo, grande y extendido; una falsa imagen pretendiendo disimular la desnudez sórdida de una pared vacía.
Nada cambia y aunque todo parece real miras y miras queriendo creerte el engaño. Todo en él permanece brillando y viviendo y sin embargo estático e inamovible en las tres dimensiones. Como los mensajes de amor que se pintan en la pared, como las palabras desesperadas ya baldías escritas en un mural que reviven al ser bañadas por un sol cíclico. Una expresión que resume la condición humana, aparentar lo que no se es. Existen cosas trampantojos, vidas trampantojos y personas trampantojos.
Que fácil es la ilusión en tres dimensiones.

29.7.06

Negro y profundo

Miguel se aferraba a la vida como uno de aquellos ratones de los experimentos que narraba Konrad Lorenz, que nadaban incansables hasta la extenuación, esperando la tablita para poder asirse y así salvarse.

Recuerdo el día en que un despiadado pasó de largo cuando le pegó aquel golpe sordo y sin testigos, dejándolo echado en la cuneta, como un pez volador intentando mover las alas en un charco de sangre y barro; con sus huesos rotos y desordenados y acostado sobre su vida, Miguel moría y sólo un cordel frágil mantenía su alma suspendida entre el estrépito y la quietud.

Su recuperación fue lenta, su mente a oscuras, sus huesos recompuestos y las costras diseminadas como asteroides impactados en su cuerpo, habían mermado el ánimo de los que sin requisito le rodeábamos, sobre todo el mío, que una vez más percibía el óbito.
Y entonces Miguel, con el presente y el pasado entreverados despertó, no reconocía a nadie y su recuerdo era un borrón de todo aquello que en su existencia le había acontecido. Poco a poco sus ideas se calmaron y fue revelando, ordenando y comprendiendo los rostros que le observaban, siendo en unas largas horas, plenamente consciente; el mar revuelto de sus recuerdos ya estaba en calma y de nuevo se subyugaba al oleaje de la vida.

Siempre lo consideré alguien especial y sé que en esta vida caminó acompasando en su viaje a los demás; sus ojos eran dos pozos brillantes en la umbría, que no hablaban y sin embargo nunca omitían y a pesar de ser alto y con cuerpo de hombre él tenía un aspecto de criatura endeble y sin edad; el accidente lo había dejado más frágil si cabe y dependiente del apoyo de una muleta, una barrera física pero no era menos que la muleta emocional que precisaba para sostenerse de una infancia y una existencia como la mía, poco felices. La necesidad de afecto era nuestro nexo común y estábamos unidos por la incomprensión que siempre encontrábamos a nuestro alrededor.

Casi todas las tardes nos veíamos en su casa e impacientes nos abrazábamos, como dos almas sin rumbo que a ciegas se palpan para acallarse.
Pasaron días detenidos y entretenidos como los anillos enlazados de una cadena, You are the sunshine of my life sonaba sin cesar en nuestros corazones, eres la luz de mi vida… y como dos criaturas inocentes tarareábamos el tiempo sin apenas vivirlo; mirábamos fotos pasadas de moda o los juegos que él había coleccionado con curiosidad y nostalgia de algo que no vivenciamos, queriendo perpetuar y tal vez evadir una etapa añorada de una infancia en la que fuimos cándidos. Fue un trecho de camino enredado en la que sosteníamos unos deseos de adultos y unas fantasías de niños que se resisten a crecer.


La recuperación de Miguel ya era casi total, una ligera cojera y las señales en su piel, todavía recordaban aquel hecho que casi corta la unión de su alma con su cuerpo. Y sin reflexionar en lo ocurrido planeamos un viaje; preparamos el bagaje justo para poder ir con la nueva moto, teníamos que recorrer bastante trecho en ella y el frío que hacía ese invierno era inusual pero ese sentimiento grato de estar juntos y aventurarnos mermaba los inconvenientes. Nada nos importaba y menos los reproches que se hundían en nosotros intentando despegarnos.
Miguel proyectaba las rutas y calculaba los tiempos y yo a ciegas me dejaba guiar, en todo le seguía como a un líder; siempre viajábamos inconscientes encima de su moto, sintiéndonos confiados y seguros y no obstante que expuestos y abandonados estábamos.

Saliendo de la ciudad, empezó a llover un agua densa y turbia que nos obligó a detenernos en un cutre bar de carretera que entonces nos pareció un lugar encantador. Con las ropas húmedas, pedimos dos cafés. Calentándonos las manos con el calor de los vasos, mirábamos alrededor observando la decoración kitsch y convencidos de que aquel local servía para más menesteres; cómplices nos reíamos imaginando situaciones curiosas y haciendo chanza de los enseres que decoraban el local. Al fondo una Jukebox muda y luminosa resaltaba en la penumbra, fue la última que vi.

Los fugaces días en aquel lugar de destino fueron tranquilos, no calculábamos la importancia que tenían las cosas, entonces estar juntos era lo primordial, poco más. Con los ojos expresábamos lo que no encontrábamos más allá de nosotros: ternura, paz y sosiego. De esa bendita tranquilidad nos sacaba a empujones la continua llamada de atención de los nuestros cada vez que comunicábamos con ellos, siempre había un nuevo reproche unido a la tira de los anteriores, pero nosotros seguíamos y seguíamos construyendo en la nada ajenos y distantes.
El regreso fue muy arriesgado, la carretera era un torrente y los vehículos pesados nos pasaban en medio de aquel temporal ignorándonos, haciéndonos zozobrar en aquel río transitado; éramos dos hojas de papel mojado arrastrados por la fuerza del viento y con todo en nuestra contra.

De noche llegamos a la puerta de mi casa, empapados y tiritando nos despedimos el uno del otro dándonos besos cálidos con cariño en las miradas y siempre, siempre nos decíamos: nos llamamos ¿de cuerdo? El primero en levantarse en la mañana, era el encargado de llamar al otro.
Como un estrépito sonó el teléfono, lo descolgué y no era él, la desazón me estrelló los pies en la tierra, haciéndolos pedazos; escuchaba sin entender lo que oía del otro lado del fono, mi cerebro no podía más y mis pies rotos no sostenían ni mi alma.

Y me encontré de nuevo con él, Miguel era un cuerpo frío, sin ánima colocado en una caja blanca, dormido con sus ojos negros y duros como chorlos que no generan energía, cegados para siempre. En aquella ocasión, como el ratón que se sabe perdido y se abandona, no se resistió. Aquella hebra sutil que nos une a lo terreno había quedado suelta en el éter, Miguel ya no regresó.